En cada etapa de la vida se ven las relaciones a su manera; los años nos ponen las gafas de colores que en cada momento tocan dictando necesidades y deseos distintos en una relación. La misma situación se ve diferente según edad y, por más que nos empeñemos en ver lo mismo, se ve de otra manera: las gafas de los cincuenta nada tienen que ver con las de los treinta y cinco. Comerás Flores quiere hacer posible lo imposible con unos personajes blandos y superficiales.
Me parecen personajes idiotas , deslocalizados, personajes inmersos en mundos aislados que como presos entre rejas buscan infructuosamente la manera de comunicar con la celda de al lado. No me ha gustado y eso que la escritora escribe muy bien, a ráfagas como un continuo sin comas, un estilo propio que promete cosas mayores, pero lamentablemente a este libro le falta argumento.
La novela plantea una idea lírica y abierta: que el amor no es único ni normativo, sino que puede adoptar múltiples formas, rostros y edades (encarnarse en "mil amores distintos"). El lector espera una exploración profunda, quizás valiente o diferente, de una relación intergeneracional pero acaba en una previsible relación toxica y sin sentido y una dicotomía buenos malos tan evidente como poco fundamentada. Aun siendo una novela corta se hace larga y esperable.
Es bonito al comenzar con esa idea de que el amor se puede encarnar en mil amores distintos cada uno a su manera; sin embargo, todo queda en superficial. Esperamos la profundidad en la protagonista, pero cuando profundiza en el yo todavía es peor y pierde ligazón, convirtiéndose más una amalgama desordenada de impresiones que en una vivencia.
No es solo un amor de veintitantos (de ella) sino que además es una persona sin hacer. Nada que ver con la Mónica de Crematorio (la de la novela) que asume perfectamente la relación en la que se mete y su visión de la relación. Mónica en Crematorio es una mujer joven, sí, liada con un viejo, sí, pero con un pragmatismo feroz y actual. Mónica sabe perfectamente qué cartas juega Rubén Bertomeu (el constructor maduro) y qué cartas juega ella misma. No hay engaño ni sumisión invisible: hay un intercambio explícito de estatus, juventud, ambición y protección. Ella entra en la relación con los ojos abiertos, aceptando sus propios claroscuros morales. Su visión de la relación es madura dentro de su cinismo. Sin embargo, la Marina de “Comerás flores” no "asume" la relación, sino que es succionada a través del autoengaño y la manipulación sutil.
Demasiado bombo babeliano, demasiada cumbre en las listas para tan poca historia. Un muy buen estilo propio destacable de la escritora peor muy desaprovechado en una historia que suena a leída. Esperaremos a su siguiente.




